El joven Safdar, de 10 años, observa como un adulto hace las incisiones para sacar el opio.

TEXTO Marc Marginedas    FOTO Sergio Caro

Conversar con Abderrahmán Mohamedi, aparcero de una plantación de adormidera de un millar de metros cuadrados de extensión en las cercanías de Shindand, en el oeste de Afganistán, resultó bastante más sencillo de lo esperado. Habíamos decidido caminar entre las amapolas con cautela, a la vez que diseñado una elaborada estrategia de aproximación.

Pero Abderrahmán no creyó necesario esconderse, detener el trabajo, impedirnos el paso o incluso poner cara de circunstancias. Porque los remordimientos, las leyes afganas o incluso las prohibiciones coránicas, vino a decirnos este hombre de 40 años, con barro reseco cubriendo sus pies descalzos hasta los tobillos y rostro prematuramente envejecido, son solo un artículo de lujo para consumo de quienes día tras día no deben enfrentarse al hambre.

Abderrahmán no se lleva a engaño. Es consciente de que la producción del opio crea narcodependientes, no solo más allá de las fronteras afganas, sino también en su propio país. "¡Pero yo no obligo a nadie a tomar drogas, solo cultivo la planta. Hacemos esto para salvar nuestras vidas!", protesta, mientras nos muestra sin pudor cómo realiza unas pocas incisiones superficiales en el opecarpo de las cabezas aún verdes de la planta, de donde mana un látex lechoso que al entrar en contacto con el oxígeno del aire se va coagulando y adquiriendo un tono marrón, el llamado opio bruto. Habrá que esperar unas horas para recoger de las cabezas de las plantas esta resina.

La mayoría de las adormideras de Abderrahmán alcanzan ya un metro de altura y han perdido sus pétalos. El breve periodo anual de pocas semanas en el que es posible recoger el opio en bruto, del que derivan drogas como la heroína o analgésicos como la morfina, se encuentra en su apogeo. Y todas las manos posibles, incluídas las de Safdar y Anar, dos menores de edad que rondan el decenio, son necesarias.

Cifras elocuentes

Las cifras que maneja Abderrahmán son lo suficientemente elocuentes, según su juicio, como para inclinarse por la adormidera y desechar otras opciones. Los cinco kilos de opio en bruto que obtendrá este año --que se hubieran convertido en 15 o 20 si agentes antinarcóticos no hubieran irrumpido a media temporada e intentado arruinar su plantación-- le reportarán una suma de dinero equivalente a 147 euros.

"Si cultivase trigo, solo recibiría la mitad". Tomates o cebollas, otras dos posibilidades, hay que desestimarlos, porque no dispone de lugar adecuado para almacenarlos "y se pudrirían". El reparto de la producción ya se ha acordado con el propietario de la tierra y con sus trabajadores, cosecha que necesariamente, tras el paso de los agentes antidroga, será "pobre". La mitad, es decir, 2,5 kilos, son ya propiedad del terrateniente. El resto de la producción se la repartirán a partes iguales trabajadores y aparcero.

En conclusión, un mal año para Abderrahmán que no refleja en absoluto la importancia que ha adquirido el cultivo y comercio de opio en este país centroasiático tras el derrumbe del régimen talibán y que solo en el 2005 supuso el 52% del PIB afgano.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODOC) adelantó en marzo que, muy probablemente, la producción de opio se incrementará este año, tras un ejercicio, el del 2006, en el que ya creció el 60%. Y lo más preocupante: la razón de este crecimiento es que los talibanes "se valen del narcotráfico para financiar su guerra" contra los extranjeros.