Corea del Norte ha tardado más en conseguir una pizza margarita o unos spaguettis a la puttanesca decentes que un arsenal atómico. Después de más de una década de sinsabores y amarguras, Kim Jong Il cuenta ya con su primer restaurante italiano, abierto en Pyongyang.  El dictador de uno de los países más pobres del mundo y golpeado por frecuentes hambrunas sostiene que "el pueblo debe tener la posibilidad de probar los platos mundiales más famosos". Lo desveló Kim Sang Soon, jefe del restaurante, al diario Choson Sinbo, con base en Tokyo y habitual portavoz del régimen.

La crónica tiene un cariz triunfalista. El restaurante disfruta de llenos habituales desde su apertura en diciembre. "Sabía por la televisión que la pizza y la pasta son muy célebres, pero es la primera vez que los pruebo. Tienen un sabor único", declara Jung Un-Suk. El restaurante importa harina, trigo, mantequilla y queso de Italia.  Nueve de los 24 millones de norcoreanos han sufrido este invierno graves escaseces alimentarias, según el Programa de Alimentos de la ONU, pero el extenso cuerpo de funcionarios son bien tratados por el régimen.

La pizza era un viejo sueño de Kim. Ermanno Furlanis, un chef italiano, fue contratado en 1997 para aleccionar a sus colegas norcoreanos. Furlanis contó la historia años después. Pasó por rayos X, escáneres cerebrales, análisis de sangre y orina. Ya en Pyongyang, fue recluido en un palacio antes de ser trasladado a una base naval, sellada como un fortín, que haría las veces de taller culinario. Sus colegas lo apuntaban todo febrilmente, incluso le preguntaron por el número de aceitunas que requería cada pizza y la distancia exacta entre ellas.

El asunto debía de ser importante porque mereció la visita de Kim. "No estoy en posición de decir si realmente era él. Pero nuestro chef, que no tiene razones para mentir, se quedó varios minutos sin palabras. Dijo sentirse como si hubiera visto a Dios, y aún le envidio por esa experiencia", explica Furlanis.

La empresa fracasó. Según Kim, los esfuerzos durante una década de alcanzar la pizza perfecta no habían sido más que "pruebas y errores". Así que recientemente envió a sus cocineros a Roma y Nápoles a aprender sobre el terreno.

La apertura del restaurante apuntala la reputación de Kim de refinado gourmet. Kenji Fujimoto, su chef personal durante 13 años, desveló en un libro sus viajes en busca de caviar iraní, melones chinos, papaya tailandesa, cerveza checa o pescado japonés. Se sabe que le gusta la sopa de aleta de tiburón y sólo trasiega el cognac francés más selecto. En un viaje en su tren privado por Rusia se hacía abastecer de langostas vivas en cada parada. Sólo las mujeres pueden seleccionar uno a uno los granos de arroz más perfectos para él.  

En la caricatura de Kim tampoco suele faltar su ridículo tupé, las alzas en los zapatos y las adicciones al alcohol y al sexo. Poco más se sabe. Ese pueril retrato certifica el continuado fracaso de los servicios de espionaje estadounidense, surcoreano y japonés por adentrarse en el país más hermético del mundo. La muerte de Kim se habrá anunciado una veintena de veces en los últimos años, por ataques al corazón o cerebrales, atentados o accidentes de coche. Murió por última vez en agosto. Presidente de unos de los países más pobres del mundo, ha arrastrado a Estados Unidos a la mesa de negociaciones, imponiendo calendario y condiciones, mientras otros dirigentes del Eje del Mal ya han sido ejecutados. No está mal para el bufón del tupé.