Parados, en el puente de Liu Li,Una furgoneta aminora el paso y una veintena de hombres se abalanza sujetando un papel sobre el que han escrito su especialidad: fontanero, pintor, paleta, o cualquier chapuza en general. Tres son elegidos a dedo y suben. El proceso es rápido y civilizado. El resto regresa a la partida de cartas o la tertulia en el puente de Liu Li, sobre uno de tantos cinturones de circunvalación de Pekín. La escena cada vez se repite con menos frecuencia. "Hace tres meses que no me sale nada", lamenta Zhong Dong Liang, mientras reparte cartas. 

Los casi 3.000 delegados chinos que estos días se reúnen en la Asamblea Nacional Popular tienen como prioridad encontrar soluciones al paro, un problema nuevo aquí. El tradicional modelo de fábrica del mundo, que empleaba a los emigrantes rurales en las ricas provincias costeras, se ha ido al traste por la crisis global. Más de 20 millones de emigrantes han perdido el empleo y han tenido volver a sus hogares. Ni siquiera es posible regresar a trabajar el campo, castigado por la peor sequía en medio siglo. Otros se han quedado.

 "Vine a Pekín hace cinco años y nunca faltó trabajo. Incluso podíamos elegir. Los meses previos a los Juegos Olímpicos fueron los mejores. El Gobierno nos pagaba 3.000 yuanes al mes por levantar la Villa. Pero después de los Juegos, todo se paró de pronto. Aquí nadie construye nada", dice Zhong, de 40 años y oriundo de la provincia de Shandong.

Hasta la semana pasada, la afluencia al puente era cada día mayor. Entonces la policía ordenó la disolución, en una de los habituales maquillajes previos a los grandes cónclaves políticos.  Zhong y compañía comparten la tipología del emigrante, ropas ocres y ajadas, ciudadanos de segunda en su propio país. Los más afortunados duermen en pensiones de medio pelo; el resto, en la estación de tren cercana.

A Zhong se le ve razonablemente tranquilo. Sus ahorros le permiten sobrevivir a dos años duros, calcula. Tampoco parece nervioso su compañero Han Zhen Shan, de 40 años. El cierre de la fábrica de componentes de televisores le dio una compensación de 20.000 yuanes, que aún estira. No tienen pensión de desempleo ni cobertura sanitaria, como ninguno de los compañeros del puente. Los chinos tienen una de las tasas de ahorro más altas del mundo, siempre pensando en los días difíciles. Ocurre que la remontada económica pasa por estimular el consumo interno, y eso choca contra una mentalidad milenaria. Mientras las coberturas sociales sean tan precarias, la misión es quimérica. "¿Cómo vamos a gastar los escasos yuanes que conseguimos? Hay que ser previsor, siempre me lo dijo mi madre", dice Zhong.

Preguntados por la crisis, sostienen que es un fenómeno global que el Gobierno chino se está esforzando en solucionar. Pekín aprobó en noviembre un paquete de estímulo de más de 400 mil millones de euros, aplaudido por expertos de todo el mundo. "En los últimos meses han dictado un montón de medidas. Por ejemplo, nos pagaron el viaje de tren en Año Nuevo para que visitáramos a nuestras familias. Hay que ser paciente", sostiene Han.

Algunas voces, siempre foráneas, anticipan un panorama de caos, revoluciones y caída del régimen si el paro continúa. Cualquier trabajo de campo desmiente un clima revolucionario, incluso entre los desheredados. La confianza de los chinos en la faceta económica de su Gobierno es monolítica, después de treinta años de milagro económico.

Puestos a buscar culpables, miran a Estados Unidos. "·Ellos empezaron la crisis. Tuvieron un problema, creo que con hipotecas. Se hizo grande y más grande y contagió a todo el mundo. Eso de la economía libre es una tontería. Si tienen un problema, el Gobierno no puede intervenir. El modelo chino es mejor. Si hay un problema, nuestro Gobierno lo arregla en un momento", juzga Han.