Tenía yo ganas de escribir un poco sobre Alejandro Valverde antes de comenzar a activar este blog con motivo del Tour, que comienza el próximo 3 de julio en Mónaco. Por desgracia y por injusticia, la ronda francesa del 2009 se correrá sin la presencia del ciclista murciano, número uno mundial.
Jamás, ni en este blog ni en las páginas de EL PERIÓDICO, he defendido yo a un corredor que se haya dopado. He sido muy crítico y he mostrado mi indignación con los comportamientos de ciclistas como Alexandre Vinokurov o Riccardo Riccò. Censuré también a Iban Mayo cuando se descubrió su positivo en el Tour, rodeado, eso sí, de cierto suspense. No he tenido ganas –ninguna—de comentar la suspensión cautelar que recae desde hace unos días al ciclista mallorquín Toni Colom. Esta misma situación me costó el distanciamiento con Roberto Heras y me da rabia que, pese a las comportamientos antideportivos que se han dado en el ciclismo, algunos corredores –yo siempre quiero creer que cada vez son menos—continúan apostando por pedalear en la línea equivocada.
Defiendo también la tesis que Patrice Clerq, expresidente del Tour, hizo pública hace un año cuando se descubrió el dopaje del italiano Riccò. No es una desgracia, sino una buena noticia, cada vez que cae o se descubre un tramposo, porque ello significa que un buen número de corredores practica este deporte en la senda correcta.
Sin embargo, ahora, el caso de Alejandro Valverde es para mí distinto, hasta el punto de que me atrevo a manifestar que se ha cometido una tremenda injusticia con él. El Tour comenzará huérfano por su ausencia, como lo estuvo hace un año por culpa de la baja de Alberto Contador. No comprendo cómo la Unión Ciclista Internacional (UCI) no ha sido más contundente –de hecho no lo ha sido nada-- y no ha salido en defensa del corredor que es líder en la clasificación mundial, porque nadie se imagina –aparte de lesiones—a Rafael Nadal, número uno del tenis, excluido de Roland Garros o Wimbledon, o a Tiger Woods sin el derecho a participar en el Masters de Augusta, por poner dos ejemplos.
Valverde no ha dado positivo y su trayectoria en estos últimos años es incuestionable y no por sus resultados deportivos, brillantes por otro lado, sino por los propios controles que ha pasado, el corredor del pelotón mundial que más veces ha sido analizado. Sin ir más lejos, la semana pasada tuvo que someterse a una doble sesión de análisis por sorpresa, tarde y noche, en su casa de Murcia.
No es una buena noticia para la UCI, más incluso que para el propio ciclismo, que el número uno del mundo se haya visto privado de participar en la principal carrera del mundo. Nunca se acabará de comprender qué ha motivado a las autoridades deportivas italianas a emprender una extraña cruzada contra un corredor que ni es de su país, ni ha tenido problema de dopaje alguno en las pocas carreras en las que ha participado en Italia. La forma de actuar, según los juristas consultados, deja muchas formalidades en el aire e incluso, la propia sentencia, podía permitir a Valverde participar en una prueba deportiva que atraviesa territorio italiano por el hecho de que está organizada por una sociedad extranjera.
El Tour, que ha querido encontrar una salida, no desea tener problemas porque sabe que cualquier situación anómala en su carrera adquiere una dimensión extraordinaria. Valverde ha sido una víctima en toda esta situación. Y hasta se puede considerar como una tremenda mala pata que la ronda francesa recorra un centenar de kilómetros por el valle de Aosta en la16ª etapa. Hay que luchar contra el dopaje, hay que perseguir a los tramposos y echarlos del deporte, sea cual sea la disciplina, y sobre todo del ciclismo, donde se han cometido abusos que han dañado la imagen de esta disciplina. Pero con actuaciones como la emprendida hacia Valverde no se soluciona nada. Solo se demuestra la desunión que hay en el ciclismo y los intereses creados. Valverde ha sido una víctima y la UCI no ha sabido estar a la altura de las circunstancias; una vez más, aunque por desgracia no será la última.