Monday, June 29, 2009 3:38 PM
Sandra Valent
Por qué lo llaman amor cuando quieren decir...
En Kafountine, pasean de la mano con su colega rastaman, mostrando sin pudor que el amor no entiende de edades, colores de piel ni culturas diferentes. Ellas han dejado atrás la tierna juventud que mantenía firme su figura y su rostro blanco. El paso de los años ha hecho estragos en su piel. Las arrugas y la flacidez de sus cuerpos, que las ha vuelto transparentes para la gran mayoría de hombres, contrasta con la piel negra y tersa y la musculatura recia y contorneada de sus jóvenes amantes. Ellas, por su edad, podrían haber concebido a esos muchachos de cuerpo escultural que son el objeto de su deseo. ¿Se trata de amor o de una simple transacción?, me pregunto. En la mayoría de los casos los guapetones senegaleses utilizan sus encantos para seducir a las mujeres maduritas con la esperanza de obtener regalos, dinero y, si se cuenta con suerte, incluso hasta un matrimonio que será la puerta de entrada a la ansiada Europa. Ellas vienen de un continente frío, donde la soledad se apodera de sus hogares ya vacíos, y encuentran en playas como la de Kafountine un poco de cariño, palabras dulces, aunque no sean sinceras, que regalan el oído de cualquier mortal y permiten rememorar una juventud pasada que voló sin vuelta atrás. Tal vez en un principio todos conocen las reglas del juego, no escritas. "Yo te ofrezco mi juventud, mi belleza y mi virilidad". "Yo, a cambio, te permito vivir a cuerpo de rey el tiempo que esté de vacaciones en tu país natal. Te puedo pagar todos los vicios y caprichos y quién sabe... tal vez te financie algún proyecto, un coche, un bar, o te mande dinero periódicamente desde mi cómodo pero solitario hogar occidental". En este caso, aunque personalmente no me guste contemplar este tipo de intercambios --que a mi entender, poco tienen que ver con el amor--, se trata de una transacción efectuada por dos adultos y con el consentimiento de ambas partes.
Conocí hace unos días el caso de una mujer francesa, Delphine, de 61 años. Me abordó en la calle principal del pueblo. No habíamos cruzado ni cuatro palabras y ya me estaba contando su amarga historia. Grandes lágrimas rodaban por sus escuálidas mejillas y el rimel corrido que adornaba sus ojos color turquesa ennegrecía sus ojeras arrugadas. La mujer hace tiempo que pasa largas temporadas de tres meses en Kafountine para ver a su amado, un rastaman guapito de 34 años. Delphine sabía que las separaciones a las que estaba sometida esta relación no podía garantizar la fidelidad del africano, así que le pidió que al menos las semanas que estuvieran juntos en Senegal, por respeto a ella, no se acostara con otras. Sospechaba que andaba gozando de los placeres carnales con una vecina, una mujer guineana de cuerpo voluptuoso y carnes prietas. Después de andar tanteando tanto a su "novio" como a la presunta amante y de obtener la negativa por respuesta o un "no, somos como hermanos", Delphine pasó a la acción. Rebuscando y fisgoneando en el cuarto de su hombre, encontró el móvil de su adorado rastaman. Aunque la intuición la llevara a desconfiar, encontrar la prueba irrefutable del engaño fue un golpe muy duro. En el aparato halló un vídeo porno de los dos amantes clandestinos. Por detalles de la imagen quedaba demostrado que el encuentro sexual se había consumado coincidiendo con sus vacaciones en Kafountine. La autoestima y el orgullo de Delphine quedó hecho trizas. La mentira resquebrajó la confianza en su novio y los celos y la rabia removieron sus entrañas hasta provocarle náuseas. Todos esos años de dinero invertido a fondo perdido y el sometimiento a engaños y humillaciones continuas empezaron a torturarla. "Todo lo que tiene se lo he comprado yo. Incluso le regalé un coche con el que supuestamente tenía que ganarse la vida haciendo de chófer", me decía entre sollozos reprimidos. Trabajó con el vehículo dos semanas, mientras ella estaba en Kafountine. Luego prestó el coche a un amigo (o eso cuenta), que lo estampó contra un árbol. Su adorable amante, de cándida sonrisa y cuerpo atlético, la estuvo sableando durante los cinco años que pasaron juntos. Ella le mandaba cada mes algo de dinero porque "la vida es muy difícil en Senegal". Una vez confirmada la traición, con el corazón hecho jirones, Delphine avanzó su vuelta a Francia. Su ex aprovechó el estado de fragilidad de la mujer para continuar obteniendo dinero hasta el último minuto de su estancia en Senegal. "No tengo ni una cefa" le decía para añadir: "Vamos a cenar a algún restaurante juntos" o "me has de continuar manteniendo".
De esta forma, viven algunos rastaman de Kafountine. Su trabajo es abordar a alguna blanquita que se convierta en su fuente de ingresos vitalicia. Yo siempre había observado este tipo de relaciones convencida que ambas partes eran conscientes de la farsa a la que estaban jugando. Pensaba que las maduritas no podían creer las promesas de amor eterno que lanzan con descaro y de forma indiscriminada muchos muchachos senegaleses cuando ven pasar o acaban de conocer a una europea. La historia de Delphine me hizo comprender que tal vez lo que comienza como un disfrazado pero frío intercambio de dinero a cambio de sexo y juventud puede terminar en un gran desengaño amoroso. "Todos podemos caer en nuestra propia trampa", me comentó con sabio acierto un amigo senegalés que aprecia a la francesa despechada. Es cierto. Cada cuál juega sus cartas.