Llegaron aquí hace algunos años. Después de uno, dos, tres o mil intentos lograron llegar, pasaron por albergues, centros, pisos patera, servicios sociales y entidades varias. Algunos, bastantes, buscaron, rebuscaron y volvieron a buscar trabajo, quizá alguno consiguió un buen contrato y otros algo para sobrevivir. Alimentaron, con las sobras de nuestro bienestar, sus sueños y los de sus familiares y pensaron que ya estaban cerca de su dorado. Se creyeron nuestro discurso repetido una y mil veces de la necesidad de integración, de la sociedad intercultural y de acogida en la que nos estábamos transformando, una sociedad que no distinguía entre unos y otros.
Pero ahora, a pesar de todo, a pesar de vivir en una sociedad que dice ser acogedora y respetuosa, a pesar de tener aquí sus vidas, sus esperanzas, sus amigos y hasta sus familias reagrupadas, esta gran espada de Damocles en forma de crisis, les recuerda que ellos siguen siendo los otros, los últimos, y que los últimos serán los primeros, los primeros que pierden en el juego de las sillas, los primeros en ser despedidos de sus trabajos, los primeros en dejar de cobrar el paro y, por lo tanto, los que dejarán de cotizar a la Seguridad Social y no podrán renovar sus permisos de residencia y trabajo.
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