Por Numan K. Aljadba, médico y colaborador de Oxfam Internacional

Era un sábado como otro cualquiera. Todo era igual que cada día, nada fuera de lo normal. Pero de pronto se empezaron a oír unas explosiones terribles: buuum, buuum. En un inicio podrían haberse confundido con el sonido de un trueno. Sin embargo, un trueno no acaba en segundos con la vida de más de 300 personas inocentes.

Fueron los peores 22 días que han vivido los palestinos de Gaza. Ataques en cualquier parte y a todas horas, día y noche. Ningún lugar era seguro y la gente no se sentía a salvo en ningún sitio.

Durante esos días estuvimos completamente desconectados del mundo. Sin electricidad, sin agua, sin teléfono en muchas áreas de la franja de Gaza. Al horror de vivir con todo eso había que añadirle la preocupación por la vida de nuestros amigos y familiares. Únicamente podíamos escuchar las emisoras de radio, pero éstas eran a menudo interrumpidas por las transmisiones del Ejército israelí con mensajes terribles dirigidos a los ciudadanos de Gaza.

El abastecimiento de alimentos fue un gran problema para muchos de nosotros. Era difícil conseguirlos, especialmente cuando había bocas extras que alimentar, las de aquellas personas que huyendo de las zonas afectadas se refugiaban en casas vecinas. Por ejemplo, nosotros éramos una familia de cinco miembros, pero durante al guerra nos convertimos en una familia de sesenta personas. Es fácil imaginarse lo duro que era conseguir comida para todos ellos en esas circunstancias.

Los días iban pasando tan despacio que era como si muriéramos cien veces cada jornada. Durante las noches dormíamos todos juntos en una o dos habitaciones para darnos una falsa sensación de seguridad. Los ataques eran cada vez más y más fuertes. Uno de ellos segó las vidas inocentes de cinco miembros de mi familia, y al resto nos convirtió en heridos y desplazados buscando un lugar seguro en otras áreas.

Como todo en la vida, la guerra llego a su fin, dejando atrás al menos 1.400 muertos y más de 5.000 heridos. A eso hay que añadir unos destrozos que no hubiera provocado ni un gran terremoto.

Lo irónico fue que pensamos que la guerra había terminado cuando así lo anunció el primer ministro israelí, pero comprobamos que no, que seguía adelante. Posiblemente los 22 días de ataques fueron muy evidentes para el mundo entero, pero lo que vino después fue la guerra de verdad. Los supervivientes a ese conflicto, los heridos, todos, seguimos viviendo en silencio una guerra en forma de bloqueo que restringe los derechos humanos, a comida, la medicación, la educación, el derecho a tener refugio...

Como mucha gente de Gaza, yo he tenido mi propia experiencia con el bloqueo. Quise salir de la franja para someterme a una cirugía, una operación de rodilla que no podían realizarme en Gaza por falta de equipamiento y material, y no pude hacerlo a pesar de que conseguí el permiso. Solo lo logré con la ayuda de organizaciones de defensa de los derechos humanos y tras dos años de espera.  Otra de las veces que tampoco pude salir de Gaza fue para recoger mi posgraduado de estudios  Pero no es solo mi historia, es la historia de un millón y medio de personas, las que viven en Gaza.

Hace ahora un año de esta guerra, y es una pena para el mundo que aquí en Gaza sigamos inmersos en ella. No ha habido mejoras, no ha habido reconstrucción como nos prometió el mundo entero, el bloqueo es cada vez más estricto y nadie hace nada por ello. Tal vez este mundo lloró por nosotros durante los 22 días de conflicto, no podemos negarlo, pero nosotros seguimos llorando. ¿Le importa a alguien?

Ha pasado un año desde aquello y el olor a sangre y pólvora permanece en el aire.