Los hechos son muchos pero la verdad es una, Rabindranath Tagore.

Puede que mi afirmación parezca un tanto osada, pero mis otoños acostumbran a transcurrir acompañados de cambios y maletas. Antaño, mi mochila reflejaba el inicio del curso escolar. Luego, se transformó en la del instituto, hasta que llegué a la universidad. A partir de aquí, mi paso por distintos medios me obligó a dividir mis semanas en dos ciudades y el aterrizaje en Cluj-Napoca, como voluntaria europea (Servicio de Voluntariado Europeo) en la oenegé YAP-RO, arrinconó mi equipaje en el trastero de una casa del barrio Grigorescu de esta ciudad de Transilvania.

Tras varios meses desde que pisé por primera vez suelo rumano y a pesar de que tendría que regresar a Catalunya en diciembre, me he unido al sector disidente de voluntarios ya de manera irrevocable: he abandonado la oenegé y el supuesto proyecto por el que me instalé en Cluj-Napoca. Ha sido una decisión difícil, agria, acre… y muy meditada, tal vez demasiado. Pero la carencia de transparencia de la organización y sus múltiples respuestas acerca de dónde está el dinero que la Comisión Europea concedió a YAP-RO como organización de acogida de SVE (Servicio de Voluntariado Europeo) han sobrepasado toda lógica.

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Tras mi participación de varias semanas en los dos campos de trabajo que YAP-RO ha organizado este verano, otra vez paseo por Cluj-Napoca, una ciudad cuyas calles desean con ahínco que el retorno de la muchedumbre de estudiantes universitarios les devuelva la lozanía y el ajetreo.

Todavía ahora me cuesta poner palabras a algunas de las sensaciones que he experimentado durante esta breve ausencia de Cluj. Mis días en el proyecto de Livada, sin duda, fueron los más duros a nivel personal. Y no porque con Lisa, otra de las voluntarias de YAP, fuéramos las responsables de un grupo de voluntarios internacionales, que pagaron para venir a ayudar durante dos semanas en la construcción de una residencia para ancianos en esta aldea cercana a Cheile Turzii. Los motivos de tal zozobra fueron las varias ocasiones en las que me avergoncé de estar allí, de representar a YAP-RO y descubrir otro socio poco adecuado de mi organización, con el que lleva ya varios años colaborando.

Nuestro día a día en Livada estaba bien descrito en la información que YAP-RO proporcionó a los voluntarios internacionales antes de su llegada a terreno. Viviríamos durante 14 días en una casa en obras, es decir, la futura residencia para la tercera edad, de manera que adaptarnos al polvo, a la falta de agua corriente, a la carencia de algunas ventanas y paredes y a las filtraciones de agua de la lluvia, por ejemplo, dependía exclusivamente de nosotros mismos. Sin embargo, de lo que nuestra oenegé, que en teoría lucha contra las prácticas racistas (o como mínimo es uno de los valores por los que trabaja), no nos avisó es de que el vicepresidente de la fundación socia no soporta a los romaníes. Leer más

Conocí a Valentina, nacida en Slatina, y a su hijo Ady, de tres años, hace unas semanas, cuando me dirigía en tren hacia Draganesti-Olt. En un castellano correcto, Valentina, de 25 años y casada desde los 18, empezó a hablar conmigo y nos pasamos la mayor parte del viaje charlando. Me contó la situación en la que se encontraba. Regresó de Alcalá de Henares hace cuatro meses con Ady tras haber estado viviendo allí cinco años. Pero su marido sigue en España, ocupado en el sector de la construcción, de manera que el deseo de ella, me confesó, no era otro que el de estar de nuevo con su esposo, lejos de su Rumanía... Leer más

Desde los inicios de mi Servicio de Voluntariado Europeo (SVE), siempre ha estado en mis planes de viajes descubrir el sur de Rumanía, y con más ansias después de escuchar hablar a varios transilvanos sobre la fealdad de la zona y el comportamiento maleducado de sus habitantes. ¿Qué tendrán de especial estos sureños cuando se les dedica tantos comentarios? 

Tal vez porque me he criado a caballo entre la tranquilidad invernal de mi Torredembarra natal y la calma de un pueblecito del Pirineo Catalán, en Draganesti-Olt, un municipio a 138 kilómetros en tren al suroeste de Bucarest, reencontré el compás que acompañó tantas tardes de verano de mi infancia... Esta localidad, no incluida en los circuitos turísticos, puede que no goce de una arquitectura maravillosa, pero la sencillez del día a día de sus habitantes hace de este pueblo un lugar, sin duda, hermoso.  

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Sin darme cuenta el mes de junio ya ha llegado y ya he completado la primera etapa de mi Servicio de Voluntariado Europeo (SVE). Qué rápido pasa el tiempo... parece que fue ayer cuando empecé a escribir este blog, cuando hice la lista con todas las cosas que necesitaba para pasar un año en Rumanía, cuando no podía soportar las mariposas en el estómago al decir a mis amigos y amigas hasta pronto, cuando me despedí de mis compañeros de deportes del Diari de Tarragona tras años compartiendo horas de trabajo, cuando abracé en el aeropuerto a mis padres y a mi hermana,...  ¿Es osado decir que ahora tengo una nueva vida? Creo que no...

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Pata RâtCantanu lui y Dallos son dos son asentamientos chabolistas romaníes adyacentes al vertedero de Pata Rât, a las afueras de Cluj Napoca, muy cerca del aeropuerto de la capital histórica de Transilvania. No es tarea fácil llegar hasta allí, tan sólo con coche particular o convenciendo a algún taxista. Pero tuve suerte y conté con dos guías de excepción, Dana, trabajadora social del centro de día Tara Minunilor, e Ildiko, enfermera de la misma organización, que permitieron que las acompañase en una de sus visitas rutinarias a las familias que habitan en Pata Rât, unas personas que necesitan rebuscar en las toneladas de deshechos de Cluj Napoca para garantizar su supervivencia diaria.

Cada mañana, de lunes a viernes, a las ocho y media de la mañana, los trabajadores de Tara Minunilor, una iniciativa del ayuntamiento de Cluj Napoca cofinanciada con fondos de la Comisión Europea, recogen una treintena de niños de Pata Rât, de entre tres y siete años, y los llevan hasta la sede de la organización, en el barrio de Someseni. Lo primero que hacen los pequeños al llegar a Tara Minunilor es ducharse, ponerse ropa limpia y tomar el desayuno.

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Mirela es una joven rumana de 28 años. Ha vivido durante cuatro años en Castilla- La Mancha pero ha regresado a Rumanía hace diez meses. Ahora, trabaja de cajera en un supermercado "40 horas por semana" y su sueldo no alcanza los 200 euros. Nos hemos conocido hoy mismo, cuando he ido a hacer la compra y mi tarjeta no funcionaba, momento en el que se ha dirigido a mi en un castellano perfecto. Mientras esperábamos que viniera la encargada, hemos estado charlando un poco y me ha explicado que está triste porque se había acostumbrado a vivir en España pero que las cosas no le iban demasiado bien a nivel económico, motivo por el que decidió regresar a su país en julio.

Releo mis notas tomadas desde que llegué aquí y recuerdo la larga conversación con Florin de Targu Mures, un estudiante de medicina de 28 años que sobrevive trabajando como recepcionista de hotel. Hablamos de Rumanía, de la suya y de la mía. En aquel entonces, yo llevaba pocas semanas en el país y todavía no había tenido tiempo de profundizar demasiado en el que es mi nuevo entorno.

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Sofia... 6 días... y 25 participantes vinculados a oenegés, procedentes en su mayoría de los Balcanes occidentales, países candidatos potenciales a la Unión Europea, fueron los ingredientes básicos del curso sobre Ciudadanía europea que organizó el National Forum API (Foro Nacional de alternativas, prácticas e iniciativas) en Bulgaria.

Preguntas como qué entendemos por ciudadanía o si existe un sentimiento de identidad europea animaron un debate de varias jornadas que puedo resumir en apasionante por la diversidad de opiniones, sobre todo las que expresaron quienes son de Serbia, Montenegro, Croacia y Macedonia, una generación que vivió la desintegración de la República Federal Socialista de Yugoslavia.

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La densa nieve de marzo que cubría las calles de Cluj Napoca se desvaneció de manera definitiva con los primeros rayos de sol del mes de abril. Por las mañanas, cuando me despierto y corro la cortina de mi habitación, el cielo matutino ya no tiene esas tonalidades grisáceas a las que me había acostumbrado y los graznidos de los cuervos apenas se escuchan. Miro por la ventana y parece que el paisaje urbano sea el de una ciudad desconocida. Diviso nuevas siluetas de edificios e incluso un cementerio en la colina de enfrente del que ni me había percatado. En el jardín, veo diversos tipos de insectos y como las abejas rondan las tres únicas flores que hay, tres tulipanes anaranjados. Es primavera.

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Encuentro jóvenes europeosMás de 90 días... más de 12 semanas viviendo en Cluj Napoca y ahora, cuando releo los posts previos a mi viaje (mis dudas, mis miedos,...) tengo incluso la sensación de que ha pasado más tiempo y que mi vida pretérita queda demasiado lejos. La intensidad, desde el principio, ha dictado el ritmo de esta experiencia y, a pesar de que la labor central de mi Servicio de Voluntariado Europeo sigue pareciéndome a menudo quimérica, aquí sigo... y con nuevas motivaciones, como Euro Panorama, un proyecto francés en el que participaré en calidad de miembro de YAP, mi oenegé en Rumanía.

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Rumanía cambió el domingo el azul, el amarillo y el rojo de su bandera por las tonalidades rojas, blancas y verdes de la húngara ya que, como cada 15 de marzo, los magiares (húngaros) que viven en el país, participaron en varios encuentros para conmemorar el Día Nacional de Hungría. Ya en el post Sorpresas de un viaje a Moldavia, di cuatro pinceladas acerca de la minoría húngara que habita en Rumanía, sobre todo en Transilvania, zona que formó parte del reino de Hungría durante el Imperio austro-húngaro.

La ciudad de Târgu Mureş, Marosvá-sárhely en lengua húngara, está situada en una zona de fuerte presencia magiar y las placas oficiales de las instituciones públicas así como los letreros de las tiendas o las cartas de los restaurantes están escritas en rumano y húngaro. En Cluj, la comunidad húngara regenta varios establecimientos, pero pasa más desapercibida que en las zonas de Mures, Harghita y Covasna, lugares en los que viven la mayoría de magiares del país. En estos distritos, abundan los matrimonios mixtos, entre rumanos y húngaros.

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martisor 

El pasado 1 de marzo Rumanía celebró el Mărţişor (diminutivo del mes de marzo), una tradición milenaria que festeja la llegada de la primavera y que también tiene lugar en países vecinos como Bulgaria o Macedonia.

Desde el inicio de este mes, las aceras de las principales calles del país se han llenado de pequeños tenderetes en los que se venden Ghiocel, la primera flor en florecer, y mărţişoare, unos pequeños objetos decorativos (una tortuga, una flor, una herradura,...) con un lazo de hilos de color blanco y rojo trenzados, que lucen las mujeres en el jersey o en el abrigo.

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Regresé hace un par de días de Moldova, una región rumana, para conocer las instalaciones de los campos de trabajo para jóvenes que organiza en verano uno de los socios de YAP-RO. Si miras un mapa de Rumanía, parece sencillo desde Cluj Napoca llegar a Bacău, al este de los Cárpatos Orientales, ya que con tan sólo trazar una línea recta puedes unir las dos ciudades.

Sin embargo, son necesarias unas diez horas de tren Accelerat, con cambio de convoy en Suceava, al norte, para llegar a destino tras haber recorrido una ruta en forma de curva. Un trayecto un tanto largo pero lleno de imágenes, como los sacos astronómicos de patatas que los campesinos llevaban como equipaje o la sensación angustiante que me produjo ver desde la ventana kilómetros y más kilómetros de la altiplanicie de Moldavia cubierta de nieve, sin ningún signo de vida más allá del horizonte. Ni casas, ni árboles,... la nada en su plenitud.

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"Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen..."  Los Nadies, Eduardo Galeano

Floreşti, un municipio que se encuentra a unos cinco kilómetros de Cluj Napoca, tiene un sueño codicioso: formar parte de su ciudad vecina y convertirse en un cartier más de ésta. De momento, varias grandes empresas ya se han establecido en terrenos limítrofes, a ambos lados de la carretera nacional que une estas dos poblaciones. El paisaje urbanístico se está transformando y hay barrios que son prácticamente nuevos.

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Me gusta pasar los domingos en mi barrio, sin desplazarme al centro de la ciudad, para así descubrir rincones curiosos llenos de belleza. Para llegar a mi casa tengo que subir media colina y cruzar una callejuela sin apenas iluminación, sin asfaltar, llena de hoyos y coches aparcados en los laterales. Al final del camino, siempre encuentro a mis incondicionales vecinos callejeros: dos perros envejecidos y perezosos que cuando me ven mueven la cola y esperan su dosis diaria de mimos. Cuando llegué a Cluj Napoca eran tres, pero uno de los chuchos falleció durante la ola de frío.

El último tramo de la empinada colina pone a prueba la resistencia de mis pulmones. Tiene una curva en la que hay hielo en la calzada y algunas veces las ruedas de los coches patinan. No acostumbro a ver a casi nadie por la calle. A veces, me cruzo con algún anciano con su gorro de cosaco y tapado hasta los dientes que me saluda con educación, pero es la excepción.

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