
Tras mi participación de varias semanas en los dos campos de trabajo que YAP-RO ha organizado este verano, otra vez paseo por Cluj-Napoca, una ciudad cuyas calles desean con ahínco que el retorno de la muchedumbre de estudiantes universitarios les devuelva la lozanía y el ajetreo.
Todavía ahora me cuesta poner palabras a algunas de las sensaciones que he experimentado durante esta breve ausencia de Cluj. Mis días en el proyecto de Livada, sin duda, fueron los más duros a nivel personal. Y no porque con Lisa, otra de las voluntarias de YAP, fuéramos las responsables de un grupo de voluntarios internacionales, que pagaron para venir a ayudar durante dos semanas en la construcción de una residencia para ancianos en esta aldea cercana a Cheile Turzii. Los motivos de tal zozobra fueron las varias ocasiones en las que me avergoncé de estar allí, de representar a YAP-RO y descubrir otro socio poco adecuado de mi organización, con el que lleva ya varios años colaborando.
Nuestro día a día en Livada estaba bien descrito en la información que YAP-RO proporcionó a los voluntarios internacionales antes de su llegada a terreno. Viviríamos durante 14 días en una casa en obras, es decir, la futura residencia para la tercera edad, de manera que adaptarnos al polvo, a la falta de agua corriente, a la carencia de algunas ventanas y paredes y a las filtraciones de agua de la lluvia, por ejemplo, dependía exclusivamente de nosotros mismos. Sin embargo, de lo que nuestra oenegé, que en teoría lucha contra las prácticas racistas (o como mínimo es uno de los valores por los que trabaja), no nos avisó es de que el vicepresidente de la fundación socia no soporta a los romaníes. Leer más