
Tras mi participación de varias semanas en los dos campos de trabajo que YAP-RO ha organizado este verano, otra vez paseo por Cluj-Napoca, una ciudad cuyas calles desean con ahínco que el retorno de la muchedumbre de estudiantes universitarios les devuelva la lozanía y el ajetreo.
Todavía ahora me cuesta poner palabras a algunas de las sensaciones que he experimentado durante esta breve ausencia de Cluj. Mis días en el proyecto de Livada, sin duda, fueron los más duros a nivel personal. Y no porque con Lisa, otra de las voluntarias de YAP, fuéramos las responsables de un grupo de voluntarios internacionales, que pagaron para venir a ayudar durante dos semanas en la construcción de una residencia para ancianos en esta aldea cercana a Cheile Turzii. Los motivos de tal zozobra fueron las varias ocasiones en las que me avergoncé de estar allí, de representar a YAP-RO y descubrir otro socio poco adecuado de mi organización, con el que lleva ya varios años colaborando.
Nuestro día a día en Livada estaba bien descrito en la información que YAP-RO proporcionó a los voluntarios internacionales antes de su llegada a terreno. Viviríamos durante 14 días en una casa en obras, es decir, la futura residencia para la tercera edad, de manera que adaptarnos al polvo, a la falta de agua corriente, a la carencia de algunas ventanas y paredes y a las filtraciones de agua de la lluvia, por ejemplo, dependía exclusivamente de nosotros mismos. Sin embargo, de lo que nuestra oenegé, que en teoría lucha contra las prácticas racistas (o como mínimo es uno de los valores por los que trabaja), no nos avisó es de que el vicepresidente de la fundación socia no soporta a los romaníes.
Las palabras que escuchamos durante la primera cena en Livada fueron el aperitivo de centenares de frases malsonantes que ya he quitado de mis oídos. El vicepresidente quiso darnos unos consejos aprovechando nuestra llegada a la zona y uno de ellos fue que el pueblo estaba lleno de romaníes, de manera que por nuestra seguridad nos recomendaba no socializarnos con ellos, estar el máximo tiempo posible en la casa y tener cuidado de que no nos robasen. Con esta desafortunada y falsa prevención lo único que S. consiguió fue asustar a nuestros voluntarios, que nunca antes habían estado en Rumanía, pero sobre todo enfadarnos a Lisa y a mí, que ya a solas charlamos después con él.
Al día siguiente, nos levantamos para empezar el campo de trabajo y conocimos a los dos únicos trabajadores con los que S. cuenta para ultimar los preparativos de su proyecto social, Marcel y Nadia, un joven matrimonio romaní del que el vicepresidente nunca se cansó de hablar mal. ¡Qué paradoja! Ambos están construyendo para una persona que los menosprecia una residencia para la tercera edad en la que seguramente ningún anciano o anciana romaní tendrá opción a tener una habitación...
Ante la imposibilidad de hablar inglés con Nadia y con Marcel, tan sólo podía usar el rumano para comunicarme con ellos y, con Lisa, decidimos que hiciera yo de intérprete porque ella en aquel entonces llevaba muy poco tiempo en Rumanía. A pesar de que el desconocimiento del idioma pareciera tal vez una pequeña barrera para que el grupo pudiera interactuar con ellos, tanto Nadia como Marcel hicieron un esfuerzo maravilloso para hacerse entender, así como nuestros voluntarios, que también siguieron su ejemplo: se comunicaron con el lenguaje corporal y empezaron a prescindir un poquito de mis traducciones.
Ayudar a Nadia y a Marcel fue un placer pero verlos trabajar más de diez horas bajo un sol abrasador, sin ninguna medida de seguridad en los andamios y un descanso para comer cronometrado... creo que a todos nos perturbó sentirnos de alguna manera espectadores de tal explotación. Incluso llegué a experimentar asco al escuchar cómo S. les hablaba y les transmitía órdenes sin respeto... o cuando el vicepresidente consideraba que dos de sus tres perros eran "perros romaníes" ya que a su parecer se comportaban igual que ellos...
Tras un intercambio de opiniones entre S. y yo, me confesó la cantidad de dinero que Nadia y Marcel reciben por día trabajado y que incluso en ocasiones les da comida... ¡Bravo, señor vicepresidente! ¿Acaso tiene precio la humillación?
Pasamos varios atardeceres en casa de esta pareja a la que todos los vecinos de la aldea saludaban cariñosamente, jugamos con sus cinco hijos en el patio de su casa y me reí mucho con la mamá de Nadia, una mujer que a pesar de su edad sigue siendo hermosísima. En ningún momento ni Nadia ni Marcel se quejaron de su situación ni pretendieron darnos pena (aunque S. pensara lo contrario) ...
Al fin y al cabo, ¿qué opciones tiene esta pareja? Por el hecho de ser romaníes apenas nadie quiere contratarlos por el estereotipo negativo que pesa sobre ellos y, si alguna vez logran un empleo, besarán el suelo que pisa la persona que los ha contratado porque tienen 5 niños a los que alimentar y una caja de cerillas medio en ruinas como casa en la que duermen siete personas en dos camas... Además, en el caso de que sus hijos vayan a la escuela... ocuparán en el aula los pupitres de las últimas filas...
Desconozco si S. asistió al concierto que Madonna ofreció el miércoles en Parcul Izvor de Bucarest, pero si él estuvo allí no dudo en afirmar que se sumó al abucheo que recibió la reina del pop cuando protestó contra la discriminación que sufren los romaníes.
Finalmente, y no por decisión propia sino porque tuve que ir a sustituir a un compañero de YAP en otro campo de trabajo al que él no pudo asistir, abandoné Livada para marcharme a Moldavia, a pocos kilómetros de Bacau, para tomar parte en Valea Budului, un campo de trabajo cuyo máximo responsable es el Gobierno rumano. Como puedes imaginar, después de lo que te he contado, encontrarme en medio del bosque enseñando inglés a niños y niñas rumanos fue como un bálsamo para el alma.