Friday, December 12, 2008 11:38 AM
Laia Virgili
Aterrizaje en el corazón de Transilvania
Rumanía festejó el pasado 1 de diciembre su Día Nacional, pero en las calles de Cluj Napoca todavía se encuentran vestigios de la celebración del nonagésimo aniversario de lo que históricamente se conoce como la Unión.
Banderas nacionales junto a las de la Unión Europea, así como coronas de flores, colocadas con cuidado y en orden, a los pies de los monumentos conmemorativos de aquellos quiénes lucharon para consumar el proceso de unificación del país, después de la primera guerra mundial, adornan las aceras de esta ciudad de la antigua Dacia, última región en adherirse a la creación del estado moderno rumano, en 1918.
El frío es húmedo, se cala en los huesos, como el de las zonas de costa. Para aquellos que no estén acostumbrados a las bajas temperaturas es recomendable que se abstengan de pasear cerca de la orilla del Someş cuando en las nubes deja de entreverse la luz tenue de los rayos de sol. Empieza a helar.
Cluj Napoca, que posee la iglesia católica más grande del país, es una ciudad llena de contrastes. La arquitectura del centro de la ciudad, que se difumina con las tonalidades grises de una urbe industrial, refleja la influencia austrohúngara en sus edificios. El palacio Bánffy, actual museo de arte, es uno de los ejemplos más nobles de este legado histórico.
El empedrado deteriorado por el hielo de las callejuelas y los pequeños hornos de pan, que tan sólo atienden a los clientes desde una pequeña ventanilla, se mezclan con bares chic de poca luz, en los que suena sin cesar una música comercial machacona cantada, si cabe la posibilidad, en inglés. Los escaparates de las tiendas exhiben todo tipo de botas y botines de charol de colores impensables --amarillo, azul, verde, rosa chicle--, mientras que los peatones más ancianos lucen un repertorio infinito de gorros de cosaco y sombreros o incluso alguna abuela lleva un pañuelo. Lo mismo sucede con los coches. Hay tanta variedad como gustos. Desde el deportivo medio tuneado que conduce un joven bien abrigado que va hablando por el móvil hasta un modelo que recuerda a los tiempos de soltero de mi padre.
En el barrio Grigorescu, una zona residencial situada en una pequeña colina cuyas casas gozan de las mejores vistas, las sirenas del centro parecen un susurro débil y cuando cae la noche los aullidos de los perros inundan las noches transilvanas. Pero no se trata de perros callejeros, aunque los hay y muchos deambulando por las gélidas calles, sino de animales de compañía bien cuidados y limpios, que disfrutan de su casita en el jardín y juegan con botellas vacías de Carpatia.
Esta ciudad, que huele a Lei y a divisas, parece que no termina de escapar de su pasado comunista. Tan sólo es necesario dirigirse desde el aeropuerto al centro de Cluj Napoca para ver un barrio entero lleno de edificios idénticos, sin balcones, viejos. Una zona triste, desolada, sin color, como el de la mirada de Tina cuando me explica, de camino a la que será mi nueva casa, algunos recuerdos de su infancia, cuando Nicolae Ceausescu estaba en el poder. Siento que quiero saber más, tal vez demasiado rápido. Calmo mis ansias, acabo de aterrizar al corazón de Transilvania.
Tina para el BMW y me señala con el dedo mi nuevo hogar. Me quedo sin palabras, la fachada de la casa es preciosa y, por una vez, se llena de sentido la frase de "piensa mal y acertarás". Callo. Pero ella lee mi mirada de sorpresa. Se ríe. Me río. Aprovecha para avisarme de que haré mi Servicio de Voluntariado Europeo en la cara más amable del país y de que abra la puerta del coche de una vez, en tono divertido, porque las otras voluntarias están esperándome dentro.