Friday, November 14, 2008 9:55 AM
Jose García Barahona
Tanto esfuerzo... para tan poco
Siempre me ha llamado la atención las palizas que la gente se pega a trabajar en África, y lo poco que recogen a cambio. Probablemente, uno de los tópicos más injustos es el pensar que los africanos son vagos, pasivos, conformados con su destino y cosas parecidas.
Cuando uno sale de Quelimane, en el norte de Mozambique, a las 5 de la mañana de viaje, ve a cientos de personas yendo a los campos a trabajar. A veces, están a más de una hora de camino. Cargan un azadón y poco más. Y si son mujeres, muchas veces también llevan un bebé a la espalda. Luego trabajan durante horas y horas, labrando campos de varias hectáreas, bajo el sol a 40 grados de temperatura. La tierra está dura y la única herramienta con la que cuentan es una azada. Un trabajo físico muy fuerte realizado por personas que, en muchos casos, cuentan con una alimentación muy limitada.
Casi siempre son las mujeres, quiénes realizan esta tarea, después de haber acarreado el agua hasta su casa y preparado la comida para la familia. Cansa solo de verlas trabajar. A eso de las 8 de la mañana, cuando uno ya no consigue ni andar por la calle del calor tan sofocante que hace, allí están ellas, sin parar, levantando el azadón una y otra vez. Y así semanas y meses. Siempre hay algo que hacer en la ‘machamba' (cosecha). Prepararla, quitar hiervas, sembrar, cuidarla... Finalmente, llega la cosecha, lo que supone otro palizón de trabajo. Siempre y cuando no haya sido un año de sequía, la crecida del río no se haya llevado todo lo plantado o algún intruso (hipopótamo, elefante o monos) no se haya comido la mayor parte de la ‘machamba' días antes de cosechar. Se pasan horas y horas agachadas, recogiendo arroz o mandioca, o cortando las cañas de maíz. No hay burros, y aunque algunos afortunados tienen bicicletas, normalmente a quién le toca transportar los sacos en la cabeza es a la mujer.
La mayor parte de lo cosechado, y hasta a veces todo, se guarda para consumo de la familia durante el año. Una pequeña cantidad se guarda como semilla para la próxima temporada y, si hay suerte, otra parte se vende y con el dinero obtenido se compran algunos productos básicos. Eso es todo. Eso es todo lo que se obtiene después de meses y meses partiéndose el espinazo con un calor abrasador. Antes de la cosecha, cuando lo almacenado del año anterior se acaba es la época en la que se pasa más hambre.
Una vez, un campesino me contó su odisea para conseguir algo de comer. Tenía seis niños en la casa, uno de ellos ya no podía andar por efectos de la malnutrición. Cada día, de madrugada, este hombre pedía prestada la bicicleta a su vecino y pedaleaba 50 quilómetros. hasta llegar a Mocuba. Con el estómago vacío, cargaba un saco con unos pocos mangos (todavía no era la época y era difícil encontrarlos maduros). Al llegar a la ciudad, los vendía en el mercado y con el poco dinero que obtenía, compraba seis trozos de mandioca seca (yuca). No le llegaba para más. Regresaba de nuevo a su pueblo, otros 50 quilómetros, en la bicicleta por caminos de tierra. Llegaba por la tarde, devolvía la bicicleta al vecino y le pagaba el favor dándole tres trozos de mandioca. Finalmente entraba en su casa agotado, hambriento y con tres míseros trozos de mandioca seca. Serían la cena de toda la familia durante dos días. Después... vuelta a empezar. Tanto, tantísimo esfuerzo, para tan poco.